miércoles, julio 02, 2008

Des esperar

_ Lo encontraba siempre en mis sueños, la misma imagen, una y otra vez: llegando al lugar asignado, yendo al cinematógrafo que había a las tres cuadras, donde lo controlaban mis hombres, hablando con Cane, el perro de la casa donde se había instalado. Pero lo que más anhelaba nunca sucedía. Ese tal Vito Valente siempre estaba vivo en mis sueños.

Decidí darle un poco más del tiempo que merecía, para que lo atormentara el hecho de que al final sólo iba a encontrar la muerte. El creía que estaba allí por voluntad propia, pero lo cierto es que no hubiera estado allí si yo no hubiera querido. Cada día que pasaba, me convencía más de que ya era hora, que ya debería haber acabado con su vida. No era odio, tampoco rencor; es que no existía otra cosa en mi mente que ese tal Valente. La Familia se mueve con una lógica simple: la traición equivale a la muerte. No soporto la traición. Y cuando se trata del Sotto Capo, no hay lugar para juegos. Ésta vez, yo habría de jugar un poco con mi ratón.

Un día llegó Joe Bananas, uno de los muchachos más jóvenes, de su habitual control del sujeto. Parecía perturbado, tenía una expresión que demostraba preocupación y miedo. Estoy acostumbrado a ese tipo de reacciones al verme.

_ Señor Villari, traigo noticias del tal Valente, y no son nada buenas _

Asomé la vista del periódico y lo miré fijo. Pude percibir su estremecimiento al sentir mis fríos ojos posándose en los suyos.

_ Pues bien, ¿qué me traes Joe? _ Mostré más tranquilidad de la que realmente sentía. El jefe no debe salirse de sus cabales, pero nada fuera de lugar podía suceder.

_ Se ha marchado hoy temprano en un coche hacia el barrio de Once. Lo hemos seguido, pero no sabemos bien qué fue a hacer. Aún no ha vuelto. _ Y ya era el mediodía.

_ Esperemos hasta la noche, a ver si vuelve. Si no lo hace, tendremos un problema, y sabes lo poco que me gustan los problemas _ Mis palabras fueron una sentencia. No se nos podía escapar, no de nuevo. La noche en el hotel de Melo fue una conveniente equivocación (pero equivocación al fin), pues ahora sabe que estoy asechándolo; y luego de esa noche, con más razón. No puede esperar menos el hombre que quiso entregarme, muy estúpidamente por cierto, cual Judas luego de besar a Cristo. Y en el hotel abrió la boca de más. Ya habrá tiempo de cerrársela para siempre. Ahora debía volver a su escondite.

Su “escape” se trataba de una infeliz equivocación: el tal Valente se había ido a un consultorio médico. Al día siguiente, uno de los muchachos y una donna lo cruzaron en el cinematógrafo, con una expresión de dolor en la cara. Los que lo habían seguido hasta el barrio de Once, dieron con que en ese lugar atendía un odontólogo. Entonces comprendí que debíamos actuar. No había sucedido nada esta vez, pero no permitiría que hubiera una segunda oportunidad como ésta. Llamé a mi consigliere, Salvatore, y empezamos a pensar de qué forma lo borraríamos del mapa.

Pasaron varios días antes de que lo decidiéramos, quería hacerlo yo mismo, por el honor de La Familia. Y debíamos cuidarnos bien de la mirada indiscreta de la dueña del hospedaje, a la que no le agradábamos, pero siempre le llevábamos gente porque ese era el mejor lugar para esconder a alguien. También sabía que tenía un revólver en el cajón, y que no dudaría en dispararme cuando me divisara. Una de las pocas virtudes del tal Valente era su rapidez con el gatillo.

A las 5 de la mañana de un día cualquiera de julio, estaba sentado en el salón principal, pasándome el calibre.22 de mano en mano. Al instante apareció Salvatore dispuesto a salir. Nos dirigimos hacia el 4004 de esa calle del noroeste, atravesando la ciudad silenciosa sin perturbar su quietud. Era el momento que había estado esperando hace meses, esa obsesión se acabaría en un simple disparo. Su habitación era más pequeña que la que yo había creado en mi mente. Esos pavos reales del papel carmesí en las paredes eran realmente espantosos, su sola presencia me hacía recordar mis pesadillas con el que estaba enfrente de mí, matándome primero. De repente, se levantó de la cama, y para mi sorpresa nos hizo un gesto con la mano, para que aguardáramos; en contra de mis instintos, me quedé inmóvil ¿Estaba pidiendo misericordia? Mientras giraba hacia la pared, vi (pero sólo yo vi) cuando sacaba del cajón que estaba a su lado su revólver y disparaba contra mi pecho. La sangre pintando los pavos reales de rojo, y Salvatore cayendo a mi lado, mirándome como pidiendo disculpas, atónito por el suceso, sin vida. El empujón de Salvatore me hizo salir de esa habitación donde yo ya no estaba, y buscar la nuca del tal Valente con mi mirada. Sentí mis labios esbozando una sonrisa, automática, involuntaria, y fue así como liquidé mi obsesión. _

_ Muy interesante, Villari, pero ahora tendrá que contarme cómo haremos para que el jurado lo saque de ésta.

_ Como siempre lo hizo, Tony.